La condené al ostracismo,
al destierro fantasmal hacia el olvido,
a un silencio sepulcral en el vacío,
un desencuentro eterno y sin remedio.
Induje aquel sopor profundo,
un hundimiento en el éter nauseabundo,
donde su nombre es solo un ruido ciego,
perdido, otro 14 de febrero.
No hay brújula que guíe su agonía,
ni faro que soporte tanto frío;
su eco es el naufragio de un navío
en aguas de una interna lejanía.
La expulsé hacia el exilio de mi mente,
hacia una noche densa y dilatada,
donde su voz es huella calcinada
por el paso de un tiempo indiferente.
Qué amargo es el febrero que le impuse,
sin flores, sin palabra, sin el puente;
que busque entre la bruma del ausente
los restos de una historia que desguace.
Porque el silencio, aunque sea sepulcral,
es el altar donde mi mano nombra
lo que ya no proyecta ninguna sombra,
donde ella es ceniza y yo...
Yo soy el viento que la sopla.
Atte. Rodol...

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