Sentada sobre sus rodillas, exhausta, sus brazos agotados, los sentía pesados, aunque sus manos se aferraban con fuerza a su espada, su brillantez plateada era opacada por un borgoña espesamente oscuro que se escurría por su filo y caía lentamente, gota por gota, destiñendo aquel césped otoñal, la punta desaparecía entre las hojas, vertical, sus ojos se posan contemplando la cabeza del Rey, su padre, que yacía injustamente delante de ella...todavía recuerda las últimas palabras que le comentó en la cena previa a la batalla, 'Nadie Sabe que Tan Profundo Cae, hasta que sus Rodillas tocan el Barro', esas palabras retumbaban en su cabeza alborotada de pensamientos, morocha como la noche que se avecina, sus ojos verdes, vidriosos, contemplando la Cabeza del Rey Molger VI, falto totalmente de vida, con su larga barba negra teñida de rojo óxido y sus ojos color café perdidos en el horizonte...
A esa altura de la batalla, la mayoría de sus compañeros de Armas forman ya parte del paisaje, inerte, sobre un campo de hojas amarillas. El tiempo transcurría demasiado lento y en un instante, un sonido la devolvió al campo de batalla, -eran tambores? Se preguntó, se acercaban, el sonido era cada vez más claro, eran pisadas firmes, decididas, que hacían crujir las hojas y perturbaba aquel atardecer gélido, resonaban con fuerza, mientras redobla el paso, el sol se ocultaba, algunos engendros con gesto vil ya preludiaban su final. Ella giró la cabeza con vehemencia hacia la dirección de las pisadas, un soldado enorme se dirigía en su búsqueda, sorteando algunos cuerpos putrefactos, su carótida bombeo la sangre necesaria para que su cerebro le ordenara a su cuerpo cansado que se levantara, el tiempo pareció relentisarse, desde el momento que lo vio, ella lo midió, en silencio y al tener a la enorme bestia a 4 palmos, con sus últimas fuerzas levantó su espada con un movimiento audaz, certero, empujada con sus 2 manos, a lo lejos, un joven escudero que ayudaba a Sir Rodol a levantarse como podía, dibujaba en su rostro unas muecas de felicidad, ambos asistentes fueron privilegiados espectadores de ver una ejecución sórdida.
Al borde la cabeza del desteñido Rey, aún con su Corona todavía puesta, la bestia se desplomó delante de aquel Lord, lo primero en tocar el lecho del rio fueron sus rodillas, luego una de sus manos, la otra trataba en vano de parar el torrente de sangre que brotaba de su cuello y teñia el agua de un rojo profundo, ella por el contrario, luego de blandir su espada, luego de ese giro vehemente que la dejó de nuevo con las rodillas en la orilla, su espada reposada a su lado, que desaparecía entre las hojas y el pasto otoñal humedo, sus manos amortiguaron su cuerpo, descansó unos segundos y luego se incorporó lentamente, tomó su espada, la colocó recta frente a ella, apoyo su cabeza en el pomo de la empuñadura, luego agradeció a sus ancestros por cuidarla.
A esa altura de la batalla, la mayoría de sus compañeros de Armas forman ya parte del paisaje, inerte, sobre un campo de hojas amarillas. El tiempo transcurría demasiado lento y en un instante, un sonido la devolvió al campo de batalla, -eran tambores? Se preguntó, se acercaban, el sonido era cada vez más claro, eran pisadas firmes, decididas, que hacían crujir las hojas y perturbaba aquel atardecer gélido, resonaban con fuerza, mientras redobla el paso, el sol se ocultaba, algunos engendros con gesto vil ya preludiaban su final. Ella giró la cabeza con vehemencia hacia la dirección de las pisadas, un soldado enorme se dirigía en su búsqueda, sorteando algunos cuerpos putrefactos, su carótida bombeo la sangre necesaria para que su cerebro le ordenara a su cuerpo cansado que se levantara, el tiempo pareció relentisarse, desde el momento que lo vio, ella lo midió, en silencio y al tener a la enorme bestia a 4 palmos, con sus últimas fuerzas levantó su espada con un movimiento audaz, certero, empujada con sus 2 manos, a lo lejos, un joven escudero que ayudaba a Sir Rodol a levantarse como podía, dibujaba en su rostro unas muecas de felicidad, ambos asistentes fueron privilegiados espectadores de ver una ejecución sórdida.
Al borde la cabeza del desteñido Rey, aún con su Corona todavía puesta, la bestia se desplomó delante de aquel Lord, lo primero en tocar el lecho del rio fueron sus rodillas, luego una de sus manos, la otra trataba en vano de parar el torrente de sangre que brotaba de su cuello y teñia el agua de un rojo profundo, ella por el contrario, luego de blandir su espada, luego de ese giro vehemente que la dejó de nuevo con las rodillas en la orilla, su espada reposada a su lado, que desaparecía entre las hojas y el pasto otoñal humedo, sus manos amortiguaron su cuerpo, descansó unos segundos y luego se incorporó lentamente, tomó su espada, la colocó recta frente a ella, apoyo su cabeza en el pomo de la empuñadura, luego agradeció a sus ancestros por cuidarla.
Con el correr de los minutos los jadeos cesaron, los ojos desorbitados, sorprendidos, temerosos, se fueron apagando y el río se fue llevando las últimas esperanzas de los que quedaban en pie, que al ver semejante acto de justicia, soltaron sus espadas y éstos cayeron rendidos del cansancio, ella levantó su cabeza y de apoco se incorporó, caminó unos pasos y se sentó sobre el trasero de la gran bestia, su mirada realizo un paneo de aquel cuadro tétrico, los presentes que no podían creer lo que acababa de suceder y el valor fortaleció a los aliados y el miedo a los diezmados, un grito unísono rompió el atardecer, era dirigido en nombre de su majestad y su padre el Rey.
Aquel día, aquel campo de batalla, aquel paso de rio, fue recordado por siempre como el vado de la Reina Roja.
Aquel día, aquel campo de batalla, aquel paso de rio, fue recordado por siempre como el vado de la Reina Roja.
